• Guido Cupolo

VOLVER A BOEDO

Fotografía y texto: Guido Cupolo

El barrio como temática a desarrollar me produce la misma sensación melancólica, idílica, trastornada que el término infancia. Algo irrecuperable. Algo que para poder abordarlo me es necesario revolver en la memoria, que no siempre pero muchas veces, es como entrar a un cuarto oscuro polvoriento donde las imágenes se van revelando a medida que las barreras del inconsciente las dejan pasar.



¿Es acaso la memoria un territorio exclusivo de la fotografía? ¿Podemos recordar sin remitirnos a ver imágenes intermitentes que tienen un contenido afectivo de esto y lo otro que nos pasó y se imprimió ahí, quién sabe dónde y por qué?

Soy de Boedo, un barrio pulenta como le dicen por allá, de inmigrantes campesinos, obreros, de tango y cultura nocturna. Fue ahí donde nací y transcurrí toda mi infancia, eso logró que de forma hegemónica se apoderara de todos mis mejores y peores recuerdos que tengo hasta ahora.

El nombre recuerda a Mariano Boedo, abogado y prócer de la Independencia declarada en 1816.

También encontramos una variedad de curiosidades entrañables y distinguibles, como el Grupo literario de Boedo que por los años 1920 y 1930, cual equipo de fútbol y con más leyendas que vanguardias alardeaba de una gran rivalidad con el Grupo Florida al cual Jorge Luis Borges pertenecía

El perfil socioeconómico tenía características humildes, el área campestre fue loteándose paulatinamente, lo que incrementó la población, conformada también, a partir de este proceso, por una gran cantidad de inmigrantes.



En los primeros años del siglo XX, el panorama fue transformándose de modo progresivo. Paulatinamente los hornos de ladrillos que se compartían comunitariamente, así como los tambos y las pulperías ingresaron en una etapa de declinación. La circulación de tropillas de animales y vehículos de tracción a sangre, como en diferentes rincones de la Ciudad de Buenos Aires, fue tornándose cada vez más escasa. Y en tanto crecía el volumen de otros medios de transporte, en especial, la red de tranvías eléctricos. Surgía un nuevo perfil ciudadano: el tanguero, que encontró en Boedo uno de los reductos más aptos para establecerse y desarrollarse.



Lo lindo del barrio era que a tres cuadras de casa estaba mi colegio público donde al mediodía almorzaba ahí y cuando había, nos daban leche y pan para volver a casa con algo bajo el brazo, a cuatro cuadras la canchita de fútbol debajo de la autopista 25 de mayo, a diez cuadras la casa de mi abuela y para mí en aquel momento el mundo se limitaba a ese radio imaginario de conexiones afectivas.



Mis amigos eran mis vecinos que vivían ahí nomás, que a su vez eran mis compañeros de colegio, que a su vez eran mis compañeros de equipo de fútbol, que a su vez eran los que en cada carnaval de verano nos batíamos a duelo de bombitas de agua contra las bandas rivales de la región.



Como una escuela de vida me dio una identidad repleta de códigos, valores, anécdotas y experiencias que al imaginarme oriundo de otro lugar me haría sentir extraño, alienado, fuera de mí.

Hoy vuelvo cuando me siento perdido, confundido, cuando paso a visitar algún amigo o a mi abuela. Es una tentación pasar por mi escuela, la canchita de futbol o por mi antigua casa. Es como abrir un álbum de fotos y recorrerlo a pie. Un ejercicio mental para contrastar aquellas imágenes con las que veo mientras lo recorro.

¿Será que uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida?

19 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo