• Alejo Costa

ITUZAINGÓ

Actualizado: 9 de dic de 2020

Por Alejo Costa.


En Buenos Aires, el 24 de octubre de 1872 fue aprobado el trámite de la traza del pueblo de Santa Rosa presentado por Manuel Rodríguez Fragio. El impulso del ferrocarril al pueblo y la popularidad de la estación llamada Ituzaingó, en conmemoración de la batalla ocurrida en Brasil, el 20 de febrero de 1827, donde las fuerzas de las Provincias Unidas del Río de la Plata obtuvieron un resonante triunfo ante las imperiales, dieron origen al nombre definitivo a la ciudad. En la plaza central, se exhibe con normalidad y orgullo un cañón utilizado, por aquellos que escriben la historia, encargado de realizar el acto más perverso y prohibido, aquí y bajo cualquier ley cósmica, quitar la vida a alguien.


Ituzaingó centro, parte del armamento utilizado en la guerra contra Brasil en 1827 posa hace décadas en la Plaza 20 de febrero.


Allí por los años de 1940, al norte de la localidad, al otro lado del acceso oeste, comenzó el desarrollo de una distinguida zona residencial, en donde la familia Leloir fue pionera al plantar cerca de 400.000 árboles. Hoy conocido como Parque Leloir, es un área ecológicamente protegida, donde conviven una abundante cantidad de especies de árboles nativos y de regiones variadas, funciona como pulmón, dando sustento y refugio a un surtido de seres del reino animal.


Calle José Hernández en Parque Leloir, forma parte del circuito aeróbico rodeado de frondosa vegetación.


Ituzaingó se independizó del partido de Morón en el año 1994, ley Provincial 11.610.

El 11 de diciembre de 1995 asumió el primer, y hasta el momento único, intendente del Partido, Alberto Daniel Descalzo, elegido democráticamente.

Ya iniciada la década del 20 en este siglo XXI, la ciudad cuenta con más de 167.000 habitantes, según el censo realizado en el año 2010. El centro de la ciudad, está siendo atravesado por un desarrollo urbanístico, también conocido como “boom inmobiliario”, en donde se destacan construcciones de hasta 30 metros de altura logrando de esta manera, algo impensado unos años atrás donde los cielos eran alcanzados solamente por las copas más altas de los árboles, y las construcciones no podían superar los 3 pisos de altura por una antigua ordenanza municipal.


Estructuras edilicias en distintas fases de construcción sintetizan el boom inmobiliario que atraviesa la ciudad, dentro del perímetro de calles permitido por el municipio.


En contraste con el desarrollo mencionado, muchos barrios de esta prolífera ciudad aún viven privados de los mínimos servicios indispensables para llevar una vida digna, como si se tratara del extracto de un manual de procedimientos, en la periferia, las calles visten su estructura de tierra, en donde las inclemencias climáticas anegan el normal tránsito para quienes habitan sus alrededores. Aquellos habitantes son recordados cada 4 años, en vísperas electorales, en donde son seducidos con los motores de combustión diésel, ruidosos y opulentes, que dan vida a las máquinas viales que, alineado a los productos de obsolescencia programada, nivelan el trazado una y otra vez, renovando las esperanzas de progreso con el único fin de obtener los preciados votos en las urnas. Por las tardes suenan las campanas del vendedor de pochoclos y manzanas acarameladas, propulsando su empresa con su bicicleta, compartiendo escena con otros actores que ofrece pan con chicha, relatando las características de sus productos a viva voz, y en sincronía con la puesta del sol, se manifiesta una vendedora de churros para cerrar el último acto de la jornada.


Vendedor de pochoclos recorre los barrios repicando el sonido de su campana para atraer la atención de los vecinos.


Habiendo recorrido tantas localidades, en esta y otras provincias argentinas, a menudo soy tentado por ellas, las cuales activan, en el laboratorio de mi mente la construcción de distintas líneas de tiempo, donde me veo a mi mismo, envejeciendo junto a los animales que me acompañaron a lo largo de la vida, rodeado de felinos y aves libres sobre las ramas de los árboles frutales, y… ¿por qué no?, un timbó que me proteja con su sombra en los días tórridos de verano, cada escenario se alterna con características similares, pero hasta aquí, solo es eso, pensamientos. Ituzaingó es magnético, atrae y expulsa a sus componentes. Apuesto que ocurre desde tiempos inmemoriales convocando a las piezas que le dan forma. Es un organismo, un ser vivo que evoluciona, en el que cada una de sus partes, desde el microbio más pequeño, hasta la constelación más sofisticada, lo constituye, lo forma, es él y parte de él.


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