• Alejo Costa

DE SOMBRAS Y LUCES

Por Alejo Costa

¿En qué mundo vine a caer?, es todo tan extraño aquí, no hay día que no resuene esa voz que vive conmigo desde siempre realizando esas preguntas. Todo luce distinto, a algo que intuyo, pero no logro recordar. Cuando duermo, despierto y es lo más parecido a lo que imagino podría ser. Despierto cuando veo, miro, pero no entiendo. Si esto me resulta extraño, entonces, ¿cuál es la vida real?



A principios de los años 90 la brújula apuntaba al norte, la industria televisiva aportaba a la penetración cultural, proyectaba opulencia y la vida ideal en los contenidos estadounidenses, se manifestaba en la influencia en las vestimentas, la música, entre otras costumbres. En plena época neoliberal las aduanas eran un tamiz grueso, ingresaban artículos de consumo masivo a granel, un placebo que inyectaba dopamina a los cerebros, una forma más de anestesiar a las masas distraídas. Mis padres, empleados del estado, y en época de privatización total de los servicios públicos, protagonizaron la venta de ENTEL a la empresa española Telefónica de Argentina, estos para nada amables inversionistas, que desembarcaron con otra colonización, una de tantas en las tierras del hemisferio sur, trajeron nuevas costumbres, y un departamento de recursos humanos manejando una caja enorme, y un calendario de regalos para los cumpleaños de los hijos de los asalariados, claro está, los que no habían sido despedidos, o invitados al retiro voluntario. Así, a mis 11 años tuve una cámara de fotos propia, una compacta de 110mm, de color verde fosforescente, aspecto de juguete, pero para mí nunca lo fue. La química, la mecánica, la física, y el proceso de congelar un instante, primero como una imagen latente y luego albergada en un papel, condensar la luz en tinta, lo sutil en denso, reunía todas las características necesarias para crear dentro mío un big bang, un fuego frío, una combustión alciática compuesta de éter y helio que explosionó, aun puedo viajar a ese instante, recrearlo en el presente, en cada obturación.


El instrumento para explorar este mundo estaba en mis manos, animales, plantas amigos, familiares eran retratados, cualquier cosa que llamaba mi atención era capturado por esta máquina. Llegó la adolescencia y comencé a interesarme en otras cuestiones, que apartaron del primer plano a este objeto, sumado al deterioro por el uso. El peso de las imágenes en diarios, y revistas era un pasatiempo visual. El caso José Luis Cabezas, reportero gráfico asesinado brutalmente el 25 de enero de 1997, luego que la revista Noticias, para la cual trabajaba, hizo de carácter público por primera vez la imagen del empresario postal Alfredo Yabrán, objeto de una investigación periodística sobre su presunta implicación en casos de corrupción política, me consternó. Comprendí el poder que puede tener una fotografía.

Años después, a principios del nuevo milenio, luego de insertarme en el mundo laboral precarizado, resultado de las políticas de la década anterior, de haber empacado medias, repartido pizzas, servido helados, despachado combustible y realizar trabajos desagradables, formalicé mi educación en la fotografía, luego de ser captado por afiches callejeros en el conurbano bonaerense, el mensaje era claro, “Aprendé Fotografía”, ¡era lo que necesitaba!, me inscribí en la escuela de Morón. La experiencia fue recordar algo que sabía, que vivía en mí. Solo tenía que ordenarlo. Efectivamente, no aprendí, recordé. Gracias al docente que impartía clases en el segundo año del ciclo, me involucré en la fotografía social, desarrollé el oficio. Casamientos, quince años, y toda ocasión que merecía ser celebrada y documentada, al principio fue divertido, luego se volvió agotador, trabajar durante el día, luego volver a trabajar en la noche para ganar un poco más de dinero sosteniendo un flash de relleno y ordenar personas a contrarreloj en las infinitas capturas de invitados en las mesas, y en ocasiones, volver a trabajar esa misma madrugada, todo en 24hs. Insostenible en el tiempo, el fusible indefectiblemente iba a estallar. La llama se apagó.



Cada siete años de vida comienzan y se cierran ciclos, en donde la vida se resetea, gente se va, gente llega, trabajos terminan y comienzan otros, se reciclan las experiencias. Para ser sincero, odiaba mis fotos, los resultados después de casi 10 años de colgar la cámara en el hombro me parecían espantosas, las imágenes carecían de sentido, apenas pasados los 30 años, saturado por no encontrar los resultados deseados, desanimado y frustrado decidí vender la cámara. Fue una etapa en donde sentí la despersonalización en carne propia, ya no tenía mi equipo, pero seguía observando todo detrás de un vidrio, me sentía dentro de un prisma de cristal, aislado del entorno, la decisión había sido despojarme de mi bastón, mis muletas en este mundo desconocido.



Durante los siguientes 5 años luego de muchas experiencias personales, comencé a encontrar lo que tenía sentido para mí, los cambios internos se proyectaron rápidamente al exterior, otro big bang, otro principio único, pero con la experiencia de la vez anterior, estalló, volví a empezar, me prometí a mí mismo unir mis principios al acto de fotografiar, no más escenas frívolas, no más egos, si la fotografía no suma a una causa verdadera y justa, si no aporta para el desarrollo positivo de las especies que habitan este plano, no será. Hoy elijo seguir explorando como refleja la luz aquí, aun me sorprendo, me siento un visitante voluntario, hasta que la llama se agote nuevamente y como un latido infinito, en cada explosión acumule un compendio de experiencias, otras realidades me esperan para llevar este bagaje de sombras y luces.


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