• Rodrigo Herrera Lareu

LLANURA, MAR Y MONTAÑA

Por Rodrigo Hela.


Ruego me disculpen la “egotripia” pero quiero prestarles mis ojos por un rato.

Pienso que podría hablarles de mi barrio, ubicado en el centro de la ciudad que vio nacer a Gaudi. Les podría hablar de Reus, cuna de modernistas y mercaderes. Les hablaría de donde vivo, desde donde estoy escribiendo estos renglones. Escribo en un séptimo piso ubicado en una avenida bautizada como uno de los padres teóricos del nacionalismo catalán. Prat de la Riba era político y escritor y de seguro podría haber escrito estupendamente, si es que no lo ha hecho, sobre su pueblo: Castelltersol, ubicado en la provincia de Barcelona. Podría hablarles de la primera impresión que tuve de Barcelona, de cuando aterrizó el vuelo que nos traía desde Tenerife. Pienso si no es ahí, en Candelaria, la pequeña ciudad de pescadores, donde guarda mi memoria al último de mis barrios.

¿Qué es el barrio? Busco y leo: “Parte de una población que contiene un agrupamiento social espontáneo y que tiene un carácter peculiar, físico, social, económico o étnico por el que se identifica”. No sé cuánto de tribal tendrá ese concepto de barrio. Somos una especie gregaria, seres sociales que dependen de lo común. Ahí radica nuestra fuerza, en lo colectivo, lo comunitario. ¿Será el barrio nuestra primera patria? Pregunto y las respuestas llevan a pasados comunes teñidos de alegrías y de tristezas, y de tristezas y de alegrías. Recuerdos en esencia compartidos, con olor y sabor a niñez. Entonces pienso en la famosa frase de Rilke: “La verdadera patria es la infancia”. Pienso que podría mostrarles mis barrios, abro el Google Street y viajo...


Infancia. Infancia. Infancia. Década y media en llanura. La Plata me atraviesa de horizontes eternos y de cielos cruzados por cables. Calle 25 y la fortuna de aprender a caminar, leer, querer y respetar en el seno de un hogar cálido y afectuoso.


En la calle 33 la amistad y la fraternidad. No saber la diferencia entre primo y hermano. Explorar la imaginación, el dibujo y el no poder tocar la pelota más de una vez en “el 25”. Los cuetes, el primer muñeco de fin de año, el “ring raje” y empezar a preguntarse quién te gusta.


En Tolosa la familia. Las fiestas y la tradición de juntarse los domingos. El “vosotros” de la abuela y el empezar a comer por los bordes del plato. La madurez de ir sin rueditas. Veranos de chocolatada y “pelopincho” y empezar a entender que el tiempo va vaciando las sillas.


En diagonal 78 la primavera eterna. La intensidad del que adolece. Recorrer La Plata en bici con destino al “bachi”. Bellas Artes con olor a témpera y vida musicalizada. La familia elegida. El Jacarandá de la noche de los lápices polinizando libertad, acobijando risas, llantos y guardando los primeros amores para poder consolarlos más tarde.


El mar trajo nuevas oportunidades y la calle Atardecer de Candelaria recibió un adolescente rabioso y confundido. No se puede cambiar de equipo, no se puede cambiar de amigos, no se puede cambiar de barrio. No entender nada. Cielos despejados, suelos despojados de lluvia y el viento pintando ovejas al océano. Cómo algo tan hermoso puede causar a la vez tanto dolor. No entender nada.


Melancolía y nostalgia. De la arena negra entre los dedos, el ostracismo. Caminar desde el puerto a la ermita de San Blas. Imaginar si habrán pensado lo mismo que en América aquellos Guanches de bronce al ver por vez primera las carabelas en el horizonte. Empezar a entender. No hay sustitución, no hay restas solo hay sumas. La cabeza se expande y el corazón se agranda. Nuevos amigos, nuevos barrios. No se puede cambiar de equipo.


Entender y volver a migrar. Reus entre el mar y la montaña. Seguir sumando. Dejar de adolecer. Más amigos, más banderas, más culturas. La cabeza se expande y el corazón se agranda. Lengua trabada generando nuevas sonoridades. Seguir sumando. Nuevos amigos: Marruecos, Cuba, Extremadura, Rusia, Moldavia y mucho acento catalán. Pipas en el parque, enamorarse y elegir vocación. Trabajar para vivir tratando siempre de no vivir para trabajar. No dejar de equivocarse y seguir sumando.

Ruego me disculpen la “egotripia”, tal vez no haya sido esto más que el relato de un pasado idealizado. Pienso si no les podría haber hablado un poco más de mi barrio, desde donde escribo, en un séptimo piso ubicado en el centro de la ciudad que vio nacer a Gaudi. Pienso si no será un buen momento para seguir sumando barrios.


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